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Las Médulas: ‘Ruina Montium’

La primera vez que vi su reflejo me quedé maravillado y con una indescriptible sensación de éxtasis. Mi madre me había dicho días antes que los dioses, agradecidos y magnánimos, habían sido propicios para con nuestro pueblo y nuestra familia. Mi padre volvía con las manos manchadas de la sangre de la victoria; su corazón era uno más de entre los miles que latían al unísono y que seguían, entre la niebla y más allá del limes si hacía falta, al mejor líder que jamás hemos tenido.

La noche anterior había dormido poco presa de la emoción y de un sueño que no comprendí, pues los dioses nos hablan de muchas maneras y, a veces, 5 veranos no son suficientes para comprender los augurios. En mi sueño un ave gris, de plumaje raído y aspecto enfermo, volaba tranquila a ras de suelo; en un momento dado y mientras el sol la bañaba, comenzó a ascender y a transformarse en un ser majestuoso y dorado.

El gran día había llegado y la ciudad de un millón de habitantes estaba preparada. El desfile había comenzado, la fuerza y la valentía flotaban con estruendo y unidad delante de mis ojos. Una luz cenicienta lo envolvía todo, como si los mismos dioses hubieran decidido que no era suficiente el mérito para cerrar la puerta del templo de Marte y su señal fuera poblar el cielo de nubes.

Entonces ocurrió algo que ligaría mi destino a estas tierras para siempre. Estaba a punto de pasar frente a mi atónita mirada uno de los hombres más impresionantes que había dado la historia, cuando un rayo de luz se filtró a través de esa tela gris que cubría nuestras cabezas. Fue como si el mismo Júpiter hubiera rasgado el cielo y elegido a aquel que agrandaría todavía más nuestro destino. El reflejo de su pecho dorado nos envolvió a todos, pero sobre todo iluminó el camino que yo debía seguir. Años después, ya en estas tierras, volví a tener el mismo sueño que en su momento no comprendí.

Hasta el corazón de la montaña

Más de treinta veranos han pasado desde aquel primer momento en el que los dioses me escogieron y desde entonces me han sido propicios. El peso de aquella armadura dorada que me embelesó no es más que una insignificante parte de lo que extraemos a diario en estos montes. Nuestra tecnología y nuestra fortaleza cerrajeros Cullera, siempre al amparo de los dioses, han conseguido doblegar a la naturaleza.

Somos capaces de crear grandes galerías que nos guíen hasta lo más profundo de la montaña, hasta su corazón. Somos capaces de mantener estos conductos mediante complejas estructuras de madera hasta el momento preciso, en el que el fuego y el agua entran en juego. El fuego quema la madera que sustenta la roca y el agua continúa la tarea. Somos capaces de canalizar, distribuir y almacenar cantidades ingentes de esa agua en puntos estratégicos de la montaña. Después la liberamos como si de un león se tratase, como si en su esencia estuviera presente la furia de cien legiones antes de presentar batalla. Y la naturaleza cede y nos entrega el metal más valioso de la tierra, para que nuestros orfebres lo modelen al capricho de dioses y patricios. Y cada vez que me acerco a estas canalizaciones repletas de oro en su estado más primitivo, viene a mí el reflejo que me maravilló aquel día gris.

Las Médulas forman un increíble paraje natural localizado en El Bierzo, León. Fueron declaradas Bien de Interés Cultural en 1996 y pasaron a engrosar la lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO en 1997. Ruina montium hace referencia al método de minería mediante el cual los romanos, durante tres siglos, extrajeron el oro que se encontraba en estos montes y que alteraba por completo la orografía del terreno dejándonos un espectacular paisaje.